Entre la “Marcha de la Bronca” y el llamado a “Organizar la Esperanza”, la oposición buscará mostrar fuerza en las calles este fin de semana. Pero detrás de las consignas y las disputas dirigenciales emerge un clima social mucho más complejo: endeudamiento, angustia, incertidumbre y hartazgo atraviesan a una sociedad cada vez más distante de la política
Este fin de semana, dos actividades de la oposición que prometen ser multitudinarias apelan a lo emocional, en un contexto en el que la sociedad está atravesada por el ahogo económico, el cansancio y una profunda desconexión con las liturgias de la política.
El mapa político argentino se prepara para medir fuerzas este fin de semana en el espacio público, a través de dos convocatorias con lemas antagónicos. Por un lado, la “Marcha de la Bronca”, impulsada por partidos de izquierda, movimientos sociales y agrupaciones sindicales que marchan del Congreso a Plaza de Mayo en repudio al ajuste del gobierno de Javier Milei. Por el otro, en el campus de la UTN en Villa Domínico, el Movimiento Derecho al Futuro (MDF) celebra su Plenario Federal bajo el lema “Organizar la Esperanza”, una movilización pensada para proyectar la figura de Axel Kicillof.
Sin embargo, por debajo de la escenografía militante y las intrigas de Palacio, la ciudadanía habita un temblor invisible: una crisis de emocionalidad colectiva donde la bronca le gana por goleada a la esperanza, y donde la política tradicional parece hablarle a un espejo mientras la sociedad vive en modo supervivencia.
Radiografía del malestar: la economía como trampa cotidiana
A la hora de medir el clima social, los números de algunas encuestadoras consultadas (OPSA-UBA, Q Social y Hugo Haime) ofrecen un diagnóstico categórico: antes que el entusiasmo o la fe en el futuro, lo que domina en los hogares es el agotamiento, la angustia y el temor a lo que viene.
El estudio del Observatorio de Psicología Social Aplicada (OPSA-UBA) en el AMBA confirma que las emociones con mayor intensidad entre la gente son la incertidumbre (3,97 sobre 5), la preocupación (3,61) y la ansiedad (3,40). Al indagar en el estado de ánimo cotidiano, la incertidumbre (43%), la angustia (40%) y el hartazgo (33%) aplastan cualquier atisbo de optimismo.
Este malestar psicológico no es una abstracción, sino que está directamente atado al bolsillo:
– El 90% señala a la situación económica como determinante para su salud mental.
– El 62% declara estar endeudado, pero no por consumo o inversión: el 57% se endeudó para llegar a fin de mes y el 33% para pagar servicios básicos, alquiler o impuestos.
– El 40% destina más de la mitad de sus ingresos mensuales a saldar deudas, mientras un 53% confiesa que este ahogo le provoca angustia o insomnio y un 42% no sabe cómo hará para pagarlas.
– En el camino de la resistencia, un 48% recortó consumos de alimentos y bebidas, y un 30% debió ajustar en medicamentos y atención médica.
En este marco, las cifras de Hugo Haime alcanzan niveles críticos para el escenario nacional: un 76% de los entrevistados declara sentirse con bronca, triste o desanimado.
Un “desierto afectivo” y la farsa de la esperanza fingida
En su estudio sobre afectividad, el analista Lucas Klobovs (Q Social) destaca un fenómeno clave: la existencia de un “desierto afectivo” donde ningún dirigente político cuenta con saldo emocional positivo neto. El rechazo, la distancia y la apatía se convirtieron en la moneda de cambio común entre representados y representantes.
En esta dinámica, la convocatoria a “Organizar la Esperanza” por parte del peronismo tropieza contra una pared de escepticismo. Plantear consignas épicas y mostrar fotos de sonrisas dirigenciales mientras la gente recorta comida y medicamentos genera una desconexión inevitable. Para amplios sectores, incluso para una porción importante del propio electorado peronista, este tipo de actos se perciben como el epítome de una dirigencia política más preocupada por el reparto de cargos a futuro que por articular respuestas defensivas en el presente.
Hoy la esperanza no es una emoción colectiva; es un recurso político escaso y fragmentado. La poca esperanza que sobrevive se concentra en el núcleo duro de simpatizantes del oficialismo nacional, que sostienen la fe pragmática de que el costo social actual es el precio a pagar por una estabilización definitiva. En la oposición, en cambio, la palabra “esperanza” funciona más como una consigna interna de contención que como un sentimiento real en la calle.
El vaciamiento de la representación y la estrategia del oficialismo
Esta distancia entre la agenda de la gente y la de las cúpulas opositoras abre una grieta profunda en la base social del peronismo. Frente a un Partido Justicialista desangrándose en internas, aparece una porción del electorado histórico que se siente huérfana de representación inmediata. Allí es donde la izquierda, parafraseando a Horacio González, busca conectar con esa “gran memoria social” que es el peronismo.
Ese vacío no pasa desapercibido para el gobierno de Javier Milei. La estrategia libertaria no busca únicamente fidelizar al votante propio, sino disputar en tiempo real la base social del peronismo, explotando el enojo con la “casta” y la burocracia partidaria. Al exponer la impotencia del aparato tradicional para resolver los problemas diarios, el oficialismo busca erosionar de forma permanente la identidad peronista en los sectores populares, apelando no a la suma, sino al desgaste definitivo de la oposición.
Un escenario sin margen para la subestimación
El contrapunto del fin de semana expone así la encrucijada de la política argentina. Mientras la “Marcha de la Bronca” canaliza la protesta directa y “Organizar la Esperanza” intenta cohesionar la interna bonaerense, la amplia mayoría de la sociedad camina en silencio sobre el alambre de la supervivencia diaria.
De cara al año electoral que se avecina, la ciudadanía no pareciera estar muy atenta a quien “mueve más” o qué dirigente empatiza mejor en redes sociales. Ganará en realidad quien logre conectar con la economía real de la calle, entendiendo que a un electorado exhausto y golpeado no se lo conquista con sonrisas de compromiso, sino con certezas concretas frente a un futuro que hoy no ofrece garantías.
